¡Hola! Soy Montse Rubirola
Nací y crecí en Besalú, un pequeño y precioso pueblo de la comarca de La Garrotxa.
Recuerdo que, cuando estaba en primero de Primaria, mi profesora llamó a mis padres para hablar sobre mis inicios en el aprendizaje de la lectoescritura. Según ella, destacaba en todas las actividades orales, pero tenía dificultades con la lectura y también con las matemáticas. Les recomendó que leyera un rato cada día.
Mis padres, como es natural, siguieron su consejo. Tanto ellos como yo recordamos perfectamente las rabietas que hacía cada vez que tocaba coger un libro. Era una lucha constante: no quería leer.
Durante toda la ESO conviví con una sensación de fracaso respecto a las matemáticas. Las odiaba y, si soy sincera, todavía hoy no son precisamente mi asignatura favorita.
Nací y crecí en Besalú, un pequeño y precioso pueblo de la comarca de La Garrotxa.
Recuerdo que, cuando estaba en primero de Primaria, mi profesora llamó a mis padres para hablar sobre mis inicios en el aprendizaje de la lectoescritura. Según ella, destacaba en todas las actividades orales, pero tenía dificultades con la lectura y también con las matemáticas. Les recomendó que leyera un rato cada día.
Mis padres, como es natural, siguieron su consejo. Tanto ellos como yo recordamos perfectamente las rabietas que hacía cada vez que tocaba coger un libro. Era una lucha constante: no quería leer.
Durante toda la Educación Secundaria conviví con una sensación de fracaso respecto a las matemáticas. Las odiaba y, si soy sincera, todavía hoy no son precisamente mi asignatura favorita.
Con los conocimientos que tengo ahora y después de años acompañando a niños y niñas con dificultades de aprendizaje, creo que aquel problema no era una falta de capacidad. Simplemente necesitaba más tiempo para consolidar las bases de la lectura y de las matemáticas.
Desgraciadamente, el sistema educativo no siempre permite respetar el ritmo de aprendizaje de cada niño. Y eso puede generar frustración, inseguridad y la sensación de no ser suficientemente capaz. Yo misma lo viví.
Quizá fue precisamente esa experiencia la que me llevó a estudiar Logopedia. Recordaba cómo me había sentido de pequeña y pensaba que, si algún día podía ayudar a un niño a aprender a leer, a comunicarse mejor o a superar una dificultad que le hacía sufrir, habría encontrado el sentido de mi profesión.
Más adelante, la Psicopedagogía amplió todavía más mi manera de entender el aprendizaje y el desarrollo infantil.
Es en este trabajo conjunto donde me siento más cómoda. Me gusta comprender a cada niño desde una mirada global, sin centrarme únicamente en la dificultad que presenta. Creo que solo cuando comprendemos a la persona en su totalidad podemos ofrecer una intervención realmente adaptada a sus necesidades.
Cada niño necesita ser escuchado, comprendido y acompañado desde el respeto a su propio ritmo. Y, muchas veces, es precisamente ese respeto el que marca la diferencia.

